Lentamente y con paciencia, la semilla se va abriendo en su lecho de tierra, despliega
la raíz que se hace más y más profunda en procura del agua nutricia y rompe la dura corteza del suelo hasta brotar. Así nace un árbol. Germina desde lo ignoto, fortalecido su sólido cuerpo con el calor del sol, para expandir las altas ramas que se llenan de pájaros y de rumores interpretando la voz oculta del viento. Muchos años después surgirán nuevos vástagos del árbol muerto en un proceso de constante regeneración que ha hecho de él un símbolo fundacional para la mayoría de las culturas.

Alfa y omega, el árbol representa, por un lado, el misterio arcano de la vida que se gesta, como la simiente arbórea, en la oscura matriz; y, por el otro, el receptáculo del cuerpo exangüe que, en su abrazo de madera, es devuelto a la tierra-madre para retoñar de nuevo. Por ello la imagen simbólica más recurrente que se le atribuye es la del árbol de la vida, amparo del ser, metáfora tanto del diálogo entre los tres niveles del cosmos -subterráneo (las raíces), terrestre (el tronco) y celestial (la copa)- como de la suma de los elementos presocráticos que en él se manifiestan: agua (fluyendo en su interior), tierra (sostén físico), aire (alimento para las hojas) y fuego (surgido de su fricción).
Por último, además de ser un punto de encuentro entre los mundos terrenal y celeste, el árbol de la vida nos suma al ciclo de eterno retorno de la materia, por eso, como dice un proverbio indio, “el que antes de su muerte ha plantado un árbol, no ha vivido inútilmente”, puesto que deja tras de sí memoria viva de su existir.
Teresa Seara










